21 de noviembre

Ayer descubrí una cosa muy importante: hay vida fuera del alcance wifi. Resulta que Internet me iba muy lento, iba a llamar a la compañía pero mi psicóloga me ha dicho que no vuelva a llamar, al menos no hasta que no borre de mi mente el trauma creado por la canción de Macaco.
Pues después de dos ataques de histeria y un amago de infarto y desespero decidí salir de mi habitación, no sin antes hacerme una mochila con el material indispiensable por si aparecía el wifi: el móvil, el cargador y un trozo de papel de aluminio por si así alcanzaba mejor la señal. También incluí una botella de bebida isotónica por si acaso la energía gastada en esta gran hazaña era descomunal, un bocadillo de chope (sí, guardo chope en mi armario, nunca se sabe cuándo puedes descubrir que tu madre se ha convertido en un zombi y decidir atrincherarte en tu habitación) y una muda de repuesto, ¡ah! sí, también protector solar, sé que estamos a finales de otoño (o eso dicen) pero el blanco impoluto espectral, bronceado de flexo debido a mis horas de estudio e incansable vicio al ordenador pueden pasar factura si se diese el caso de que debiera salir a la calle.
(Algún día me haré con uno de estos  )

Bien, abrí la puerta de mi habitación, la cual produjo un gran ruido, prueba de que solo se abre para las necesidades básicas y prueba de que alguien tiene que echarle a eso dos en uno y comprobé que habían cambiado la pintura y suelo del pasillo desde (allá) la última vez que salí. Grité:
-¿Hola? ¿Alguien puede oirme?
El suelo crujió, el aire que penetraba a través de las ventanas rozó mi pelo, había un olor extraña en el ambiente, un olor así como a... como a... COMO A LIMPIO, A AIRE DESVICIADO. Dios mío, ¡qué sacrilegio! ¡Con lo que calientan los peos en invierno! Decía la leyenda que el aire tenía que renovarse de vez en cuando, pero también dicen que no se rellenen las botellas de plástico y mira a la sociedad... leyendas.
Nadie me contestó por respuesta, sin embargo me percaté de un silbido que procedía de la planta inferior. Bajé las escaleras machete en mano, con los cinco sentidos puestos en resolver el misterio que me planteaba ese ruido y ese olor fuerte que cada vez se hacía más intensa y para nada me recordaba al aire viciado tan natural en mi atmósfera.
Me fui acercando al pitido, no reconocía nada de todo aquello: útiles de cristal aplanados sobre los cuales habían flores que en su naturaleza debían estar plantadas pero ¡¡noo!! las habían matado para usarlas de ¿decoración?. Sobre esa cosa de cristal bajaban cuatro árboles sin copa ni raíz. Cada vez me acerqué más a ese sitio donde una cosa metálica brillante gritaba encima de una cosa cuadrada, negra que al tocarla me quemé el dedo... ¡¡era magia!! fuego sin fuego. De las paredes pendían machetes más pequeños, algunos casi sin filo, ¿qué utilidad tendría algo así?. De repente se abrió la puerta y entró un resplandor grandísimo que iluminó toda la estancia, desde donde yo me encontraba se vislumbraban dos seres con aspecto mediano y redondo. Y, de repente, yo asustada marché hasta un rincón de la habitación, uno de ellos gritó para mi estupor:
-¡¡¡¡MARIANO!!!!! ¡¡que nos ha entrao un ladrón!! -cogió algo alargado terminado en una media luna hueca con una de sus acolchadas extremidades y la blandió ante mí, yo solo pude gritar como la animal que soy, berrear y esgrimar mi machete.
-¡¡Toñi, deja el paraguas!! ¿qué no ves que es la niña? ¡Y tú, deja la regla! ¿Qué mierdas haces? -plaf, collejón.
Esa colleja me devolvió a la realidad, aturdida, pero con los pies en la tierra tuve que explicarles que durante estos últimos tres meses no había estado en Alemania buscando trabajo, sino que había estado en mi habitación. Fue entonces cuando comprendieron porqué les desaparecía comida por las noches y dieron una explicación al uso real del wifi que estaban pagando.
Luego me arreglaron, me asearon, me enseñaron a hablar con personas de mi especie, me pusieron una chaqueta y me mandaron a la calle, ¡¡¡A LA CALE!!! Decían que querían que me relacionase, pero yo solo quería wifi... qué injusta que es la vida.
Aunque poco a poco fui paseando, vi que mover las piernas daba gusto, que utilizar los pies para algo más que para pegarle patadas a la torre del ordenador cuando va mal tenía su placer, también intenté interaccionar con otros humanos y me sentí extraña porque no tenía teclado donde transmitir mi mensaje, era como hablar por skype pero sin pantalla. Qué curiosa es la vida.
Luego llegué a un parque, habían plantas en cautiverio, pero eran bonitas, me agradó estar ahí, me agradó tanto que me senté a disfrutar del paisaje: mini-humanos corriendo, comiendo cosas del suelo, llorando, emitiendo ruidos... realmente no era tan diferente la vida a como yo la tenía planteada dentro de mi habitáculo, pero mira, se ve que cuando eres más alto no puedes hacer estas cosas.
De momento oí un pip que vino de mi mochila de supervivencia que había olvidado por completo, ¿qué sería? La abrí y descubrí un montón de aparatos electrónicos, cogí el más pequeño y leí en una especie de enunciado emergente.
Bienvenido a la red Parquenet, gracias al despilfarro de su ayuntamiento en wifi podrá disfrutar de una mierda de conexión pero oye, algo es algo, disfrútelo y desconecte de sus amigos reales con los que seguramente esté hablado para tomar su dosis de droga diaria y conectar con sus amigos virtuales. Además, si los convence ¡también podrá chatear con la misma persona con la que estaba manteniendo una interacción real!





Cuenta la leyenda que tuvieron que venir a buscarme al parque e, hipotérmica perdida, volví a mi habitáculo, y ya iba bien el wifi.
 

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